Biografía: Madre Ysabel

Juana Ysabel Tomasa de Jesús nace en Caracas el día 21 de diciembre de 1855, hija del matrimonio Juan Bautista Lagrange, inmigrante de origen Francés de profesión comerciante, y Rita Escobar natural de Caracas, mujer de carácter recio, culta, sensible, ferviente cristiana. Juana Ysabel fue la cuarta hija de once hermanos, cuatro hombres y siete mujeres, de las cuales dos se hicieron religiosas en la congregación fundada por ella. El hogar de los esposos Lagrange Escobar era ejemplo ferviente de vida cristiana católica.

Ysabel fue bautizada en la Parroquia de San Pablo el 10 de febrero de 1856, según consta en el libro Décimo General de Bautismos 1851-1860 de la Iglesia Parroquial de San Pablo de Caracas. Posteriormente, recibió el Sacramento de la confirmación de manos del Excmo. Monseñor Dr. Guevara y Lira Arzobispo de Caracas. No se conoce el día que hizo su primera Comunión, lo que si puede constatar es que el Sacramento de la Eucaristía lo recibe de manos del Pbro. Olegario de Barcelona, Sacerdote Capuchino, quien fuera su confesor y director espiritual por varios años, éste además de cumplir sus funciones ministeriales en la Iglesia de San Pablo, servía como confesor en el Templo de San Francisco, sede de la tercera Orden Franciscana.

La educación de Ysabel estuvo a cargo de las hermanas Eduardo, garantes de una pequeña escuela privada, quienes además de la instrucción académica enseñaban labores, las que Ysabel aprendió con mucha facilidad, además asistía a clases de música, canto y piano que impartían los profesores Dragón y Rachel, arte que le era connatural a su personalidad.

La niña va creciendo y comienza a vislumbrarse su peculiar manera de ser, un corazón compasivo, inteligente, audaz, capaz de afrontar las dificultades, de trato cordial, amable y con autoridad. Ysabel asume desde muy niña responsabilidades asignadas por sus progenitores, y al morir su padre ella es el brazo derecho de su madre en la administración de los negocios. También sus hermanos, hermanas y hasta sus amigas confían a ella sus problemas y acatan sus consejos.

Su adolescencia y juventud transcurre entre lo cotidiano de la vida hogareña, sus relaciones sociales y una intensa vida espiritual. En el hogar manifiesta su gran laboriosidad y con mucha facilidad pasa del estudio de piano y pintura a los oficios domésticos, los que realiza con toda espontaneidad. Su grupo de amistades la buscan generalmente para que con su alegría y entusiasmo anime las fiestas, aspecto que le era de gran gusto, se divertía y bailaba muy bien.

Desde niña cultivó su vida espiritual y con ella crecía el amor y la pasión por el innegable Jesús Sacramentado al que visitaba con frecuencia en el templo, asistía a la Eucaristía diaria, comulgaba y continuaba las tareas cotidianas y las que se programaba en la búsqueda de realización de sus ideales. Tuvo una gran devoción a la Madre de Dios, siempre encontraba tiempo para rezar el rosario y el oficio parvo de la Santísima Virgen acompañada de sus familiares y amistades más cercanas. Consiente de que no bastaba un ejercicio de piedad puro y simple, para fortalecer la voluntad, obtiene de su confesor y director espiritual el Padre Olegario de Barcelona, el consentimiento para ayunar tres veces a la semana, usar cilicio y disciplina, dormir en el suelo, pero además cambiaba sus delicadas ropas de dormir por saco de coleta muy áspero y ceñía la cintura con una dura cuerda. A Ysabel no le fue fácil hacer estos actos de penitencia, ya que su madre que conocía sus ideales se le oponía rotundamente, sin embargo ella los realizaba sin que su progenitora lo advirtiese. A los 20 años hace voto de Castidad y más tarde de Obediencia ante su confesor el Padre Olegario de Barcelona y al llegar a los treinta y un años, ingresa a la Tercera Orden Franciscana con sede en el templo de San Francisco.

Su espiritualidad cristiana acentuaba su sensibilidad ante la realidad humana. La Caracas en la que crece Ysabel, era una ciudad marcada por una gran miseria, existía cantidad de niñas huérfanas, pordioseras y abandonadas, sin futuro ni horizonte, niñas que subsistían con la mendicidad, luego de jóvenes o adultas, con mucha frecuencia encontraban empleo en la prostitución. Su pasión por las niñas huérfanas, abandonadas y desvalidas era muy grande, abrigaba la idea de reunirlas -decía ella a su madre– “para enseñarlas a conocer y amar a Dios”, la misma idea se la expresaba a su confesor el Padre Olegario de Barcelona: “Padre, es muy grande la ansiedad que siento, es como una necesidad que tengo de recoger estas niñas desheredadas… pobrecitas”.

Esta gran compasión frente al pobre y desamparado, la llevó dar rienda suelta a sus sueños de caridad. Efectivamente, se encontró con el Presbítero Calixto González, terciario franciscano, su segundo confesor y director espiritual, éste la apoyó incondicionalmente en la obra que emprendía: “recoger las niñas” de la calle, brindarles un hogar y “formarlas para la vida”. Es así como en 1890 con un grupo de 8 niñas y siete amigas, compañeras con quienes compartía sus inquietudes, funda la Congregación de Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús, con la aprobación del Señor Arzobispo de Caracas, Doctor Críspulo Uzcátegui y en presencia de los Presbíteros Doctor Calixto González y Fray Olegario de Barcelona (Sacerdote Capuchino), quienes recibieron en nombre de la Iglesia la profesión religiosa de votos simples de Ysabel Lagrange y sus compañeras a quienes dan su bendición.

La Madre Ysabel al frente de la obra emprendida, busca ante todo la voluntad de Dios y con la certeza de que todo es obra de su amado, se dispone con decisión y entereza a dar respuesta a las necesidades que le van siendo manifestadas, supera las dificultades y redimensiona la misión, solo fiada en la providencia de Dios que no tardaba en responderle acudía presta a servir donde se le requería. Su inquebrantable fe en su amado Jesús la sostuvo con la certeza de que lo que es de Dios se consolida y permanece.

Una vez consolidada la obra inspirada por el Señor, habiendo entregado la orientación y dirección de la Congregación a una de sus hermanas, tres años más tarde después de una larga y dolorosa enfermedad, fortalecida con los sacramentos y auxilios espirituales, acompañada de sus hermanas, entrega su espíritu un 29 de abril de 1933, contaba entonces 78 años de edad.

Inmediatamente después de su deceso, sus piernas laceradas dejan caer la piel enferma y quedan tan sanas como si nunca hubiesen tenido alguna ulceración, es el testimonio de su propio médico, quien la atendió los últimos minutos de su vida.

Madre Isabel
Madre Isabel